Memoria
Por: Rodrigo Muñoz Azofeifa
La incesante situación conciente que nutre cada obra de Carlos Barberena es un situación dinámica y desarmonica que al tiempo los ramifica una dentro de otra en un bloque ciego, a la separación de las figuras de la realidad, de lo invertido, de un indefinición no elaborada, dentro de si mismo.
Su argumento orienta obsesiva y temerariamente hacia la indagación: memoria, cuerpo e identidad, afirmando su poder desde los intransitados subterfugios de la domestica intimidad. Su obra remite compulsivamente a ser imprevisible y desconcertante; propios de la interpretación de los diversos significados derivados “de la condición arquetipal ” que arrastra la idea y la lleva a esa conclusión que demanda dolor, cólera, desolación, tristeza e impotencia; y a la vez ofrece una reflexión de lo más tradicional hasta lo hierático y solemne: el cuerpo, la figura, la materialización, la desnudez de lo inhumano de lo humano en el espacio del súper ego, o del yo de los extraños, minimizando ante el gran temor que le infunde el mundo en un retroceso, aislamiento vestido de otro, como si fuera una caparazón de humo, hollín o tiempo en estado crudo pestilente.
Es ese juego de contradicciones vemos al ser humano enmascarado en una condición temporal de dimensiones oníricas que traspasan la imagen de lo superficial del lienzo, papel, lo gráfico, lo químico de cada obra, en imágenes que se rasgan, se abrazan, se odian, se violentan… buscando adherirse como metáforas vitales, de espejos y soportes de la obra misma.
Las imágenes en secuencia al leerlas funcionan en conjunto, hidridizadas una con otra, los cuerpos se superponen en la realidad a la respuesta de una humanidad en sombras, de un simulación de países entre el festín testaferro del poder capitalista.
La luz es oscuridad, solo surge a través de los cuerpos mutilados, transparentes como fantasmas, encerrados en cuerpos que no son, o de otros que no insisten el recordar, ni la materialidad de los recuerdos frágiles bajo una piel de escamas huesudas de vestigios y memorias perdidas e inevitables.
Barberena busca con su obra ser un Vector de cambio, recolecta en imágenes una memoria colectiva en intuición en uno de los pasajes más dolorosos de la historia de su país y del mundo. Con cada obra rinde homenaje a miles de víctimas por la violencia capitalista y la intolerancia de los últimos 50 años en América ante gobiernos impuestos, que matan el cuerpo; pero no el alma.
Su fusión es documentar, dar lugar o forma y apuntar a las conciencias al derecho como cañón y no al poder como estrella. Por ende, es la reafirmación de su visión de mundo, de una entropía que niega además la standerización de los modelos mentales y arquetipos sociales. Busca desconstruir al sujeto, al humano, coherente. Niega abandonar la condición de una visión contemporánea globalizada, trastocada con un arte trascendente, en el soporte del referente que tensa su percepción, en una invención de códigos, robada al tiempo, a la otra realidad que nadie quiera aceptar o confrontar; es como una muerte inevitable de lo efímero, implícita en la presencia de cada escena misma del acontecimiento, ante un no asombro registrado solo como un incidente que invaden nuestra vida de inseguridad, vulnerabilidad y la utilización o explotación.
En Barberena se convive la fuerza, la fragilidad, el placer y el dolor, el símbolo y la certeza dados desde una perspectiva de una desnudez cruel de “expedientes secretos”.
Su intensión de ser artista es como una sesión de fotografía, que capta el instante en el tiempo que no existe pasando por una aguda percepción, más allá de la apariencia; de por si la existencia misma es cuestionable.
La muerte está omnipresente en la obra de Barberena, memoria de la violencia humana; sombra de imágenes, huellas secas y agrietadas de cada rostro que graba o presencia cuya fragmentación misma se parte, sin remediar. Transmite una profunda melancolía, una silenciosa calidad de incomunicación y de aislamiento constante de un carácter dramático donde lo propio se centra en la dolorosa memoria del pasado entre la realidad y lo imaginariamente posible; entre los rituales de tortura del holocausto y la violencia como una constante contradictoria de una historia de la humanidad.
Cuerpos discretamente colgados, traspasados por perfectos orificios, donde lo profundo no es el impacto, sino el motivo de una guerra “pacifista de dominio”, de subordinación, de las superrelaciones, dentro de su panorama de expresiones opuestas. Apuntan hacia una misma dispersión a la experiencia del orientar a si mismo, en mayor o menor medida lo inserto en un entorno social, artístico, cósmico, intimo, político, de una diversidad cultural para que no se dispone ante una profecía, plagada de contradicciones, no homogéneas en el tinte del tercer mundo, pero que nos persiguen en las barbaries de la convivencia de la actual humanidad.